11.5.10

DE CONFLICTU SECRETO CURARUM SUARUM (F. Petrarca)

Si tuviéramos ojos que vieran lo invisible, sabríamos que todo pecho, aún el más extrovertido e indiscreto, resguarda un secreto sobre el que prefiere callar. Ante el mundo la reticencia se convierte con facilidad en un disfraz muy cómodo, pero no hay manera efectiva de disimular la conciencia, que es el susurro del alma. Y a medida que ésta empieza a numerar los años, aprende a sobrellevar el peso inconfesable como una tumba soporta su cadáver, sin percatarse de que el suyo no está del todo muerto, sino que echa raíces y se alimenta de dolor, miedo y vergüenza. Aunque nos incomode admitirlo, es cierto que al final no todo corazón logra pronunciar su secreto antes de que irrumpa desgarradoramente el grito que por años se estuvo acumulando. Sin embargo, una feliz conjunción de sinceridad y fortaleza, aunados a un ingenio profundo, puede atemperar el bullicio interior y hacer de él una pujante aspiración de claridad y armonía. Esto mismo, vertido en un latín de arte mayor e ilustrado con una verdadera erudición (la que no enmascara ni entumece el discurso, sino que lo enaltece al grado de sabiduría), son los tres libros que conforman el Secreto de Petrarca, obra confesional de un alma cuyo tránsito por este mundo fue tanto más desgarrador cuanto mayor su ímpetu y grandeza.
Aunque la obra es de aparición póstuma, puede presumirse que el poeta florentino y primer humanista la escribió siendo casi un quincuagenario, después de haber vivido mucho y sufrido otro tanto. La fortuna le había ajado la esperanza, el exaltado amor hacia su Laura le había anegado el corazón, y la fama, tras haberla codiciado con vehemencia, le había resultado un trago insípido, incapaz de saciar en modo alguno su sed más íntima. Obnubilado por semejante desencanto y casi por inercia, Petrarca incurrió en una honda melancolía, genio por demás común y familiar para quienes son capaces de presentir, como reza un verso del Cancionero, ‘che quanto piace al mondo è breve sogno.’ Pero la acedia, aunque se propagó profundamente, no alcanzó a infectar de lleno un espíritu tan vívido y tan ávido de salud; y fue gracias al mismo desencanto que éste logró contemplar las causas de su dolencia y buscar una justa medicina. Para hacerlo, juzgó oportuno evocar a la Verdad, descubierta y radiante, pero siempre muda; y a San Agustín de Hipona, por quien Petrarca sentía una reverencia grande y afectuosa, evidente en la dura benevolencia casi paterna que le adjudicó al despabilar su propia inercia espiritual e incitarlo a remontar la pendiente desde las sombras de su propio abismo.

Como el corazón mismo del poeta, que se batía entre lo humano y lo divino, la santidad y el mundo, la obra entera parece estar sometida a dos descomunales fuerzas de gravitación. Por un lado, cierto aire medieval del que aún participaba Petrarca impregna las páginas de penitencia y lágrimas culposas, pero las enciende con un ardiente chispazo de aspiración mística y sed de lo más alto. Por el otro, en todo el libro corre una vigorosa vena de renacimiento clasicista que determinó la forma y en buena parte el argumento del mismo, pues el modelo para su diálogo, como el autor advierte en el proemio, lo tomó de las Disputationes Tusculanae de Cicerón. Al respecto, es notable que, salvo los fundamentos cristianos sobre los que obviamente se erige su pensamiento, en las tres partes del libro Petrarca apenas menciona la tradición católica y, en su lugar, introduce profusamente citas ‘paganas’ de Ovidio, Séneca, Virgilio y el mismo Tulio. En cuanto a San Agustín, hemos de recordar que él mismo fue un vivo eslabón entre el cristianismo y la filosofía de los antiguos. Además, de esta segunda veta le viene ese asombroso y decidido empeño de adentrarse en el hombre mismo y en el laberinto de su alma. Lo cual, de hecho, otorga a la obra su virtud esencial, pues la franqueza con que Petrarca deshilvana, hebra tras hebra, el ovillo de sus vicios y afecciones hace que uno se sienta incómodamente cómplice de la ignorancia de su propio secreto y, si tenemos suerte, que se encienda al mismo tiempo el deseo de revelarlo.

2.4.10

J.F.K. (1991)

Una antigua opinión, que se remonta al sabio Pitágoras, pinta la sociedad humana como un enorme espectáculo donde todos tenemos parte. Otro hombre célebre, español y de sotana, al hablar del ‘Gran Teatro del Mundo’ desdibujó con audacia los límites entre la materia vital que anima la ficción y ese argumento ficticio que llamamos vida (en efecto, se sirvió de la frase para dar nombre a una de sus obras dramáticas). El asunto no es trivial; es mucho más que un juego de motivos literarios y trasciende estos dos casos que citamos por mera pleitesía. Una prueba contundente de cuánto estas especulaciones se insinúan furtivas en nuestra concepción del mundo está contenida nada menos que en el término con que nos referimos hoy día a cada individuo, es decir, persona. El término, acuñado en la antigua Roma, se refiere a las máscaras utilizadas por los actores en aquellos albores de arte escénica. No erraríamos, entonces, si aseveráramos que según nuestra visión actual, cuyo fiel reflejo es el lenguaje, cada uno de nosotros no es sino un actor. Toda esta divagación viene a cuento por una película que vi recién sobre un hombre que, sospechando la mentira detrás de un artificio semejante, se mostró lo suficientemente osado (cuando no temerario) como para seguirle el rastro al oculto guionista. En la película también, como antes apuntábamos, se mezclan realidad y ficción en un confuso torbellino, pues narra la historia verídica de Jim Garrison y su travesía en el laberinto de apariencias urdido en torno al asesinato de John F. Kennedy.

La película (que, por cierto, casi cuenta ya dos décadas) abre con una veloz secuencia de imágenes impactantes que en breve tiempo nos hacen respirar la agitada atmósfera de los Estados Unidos en los sesenta, cuando el país se estremecía en un entusiasmo de revolución pacifista mientras las selvas vietnamitas eran rociadas con napalm y la guerra fría amagaba tormentas nucleares. Oliver Stone, director y guionista de la película, pero también veterano de Vietnam, es quizá el más indicado para materializar ante nuestros ojos el espíritu de aquella época. En seguida, el asesinato tristemente célebre, seguido de algunas escenas en apariencia aisladas pero lo suficientemente sospechosas como para sugerirnos ya de entrada que algo no anda bien. Al protagonista, encarnado por Kevin Costner, no tardan mucho en presentárnoslo: un juez de Nueva Orleans, hombre de principios de los que cada vez hay menos, padre de familia tradicional y entregado a su trabajo con la consciencia servicial de quien se sabe servidor público. Dicen que el destino de un hombre es su carácter, y justamente es por esa integridad y diligencia de paladín de antaño que Jim Garrison se aferra a algunos indicios de inconsistencia en el proceso de Lee Harvey Oswald, asesino oficial del presidente, y los sigue hasta encontrarse inmerso en un intrincado tejido de situaciones donde nada es lo que parece y todo obedece a motivos ocultos. Al final, hasta los mismos conjurados que había creído descubrir terminan por revelarse como meros títeres actuando, sin saberlo, en una obra maquinada por alguien que observa impasible y sonríe sardónico tras bambalinas. En el punto más álgido de la investigación, un agente secreto de la CIA extiende a nuestro héroe el hilo de Ariadna, y éste experimenta un abrupto e inquietante despertar que no admite vuelta atrás. Simbólicamente, la develación de la verdad acontece a sólo unos pasos del obelisco en Washington…

Entre los aciertos de la película, que faltan dedos para enumerar, quizá el más notable sea la manera en que se nos abren en simultáneo los obscuros meandros de la conspiración y las puertas a la vida privada del protagonista. De esta manera presenciamos su tenacidad rayana en obsesión, sentimos su estupor que parece alcanzar la paranoia y, junto con su familia y sus colegas, se nos permite dudar de sus conjeturas. En un momento, uno se ve obligado a pensar que se trata de un argumento de ficción cuidadosamente elaborado, pero ficción a fin de cuentas. Sin embargo, Oliver Stone se encarga de recordarnos que todo este asunto es tan real que sigue constituyendo aún hoy un misterio impenetrable. Al final el espectador se queda con ese perturbador presentimiento de que el mundo entero es sólo apariencia, un mero proscenio antepuesto a las tramoyas que verdaderamente operan. A propósito de esto último, resulta inevitable pensar en todas esas teorías de conspiración de las que en estos tiempos se ha vuelto frecuente escuchar. El ánimo gringo, al parecer, es particularmente ingenioso para urdirlas y proclive a creerlas, quizá justamente por la herida que dejó este episodio de su historia aún no cicatrizado, y nadie negará que en muchas de ellas late siempre algo de sensacionalismo casi morboso. Pero para quienes se atreven a echar a volar la imaginación, vista a la luz de estos rumores la película puede resultar especialmente sugerente. Pues si al menos una de las acusaciones que Garrison verdaderamente esgrimió en el juicio por conspiración contra un magnate y antiguo agente de la CIA se demuestra verdadera, como la colaboración del asesino de Kennedy para esta misma agencia, la falta deliberada de seguridad en el desfile presidencial en Dallas, o la omisión de testigos clave durante las primeras pesquisas, ¿no sería lícito al menos sospechar que esta truculenta forma de hacer política haya sido utilizada más de una vez? Sin duda existen ejemplos posibles en tiempos recientes, no hace falta pensar mucho para dar con ellos. Pero quede todo esto en manos del lector. Yo, a manera de estímulo, simplemente cierro con una frase atribuida a Joseph Goebbels, inventor de la infame propaganda nazi que, irónicamente, bien podría seguir en uso: ‘Una mentira, para ser creída, debe ser lo suficientemente grande y siniestra.’

21.1.10

TRANSFORMACIÓN DEL MUNDO


Elohim creando a Adán--William Blake


Comparado con el hombre, el más bello
de los simios es horrible. Ante la divinidad,
el más sabio de los hombres parece un simio.
Heráclito de Éfeso



Un viajero sin origen, un huérfano sin rumbo, un exiliado en tierra propia; éste ha sido el estigma que ha pesado sobre nuestra especie desde aquellos tiempos remotos en que nos percatamos de nuestra frágil desnudez, acaso en una cueva, arrimándonos unos a otros alrededor del fuego, o siguiendo en manada las huellas de alguna bestia herida entre la maleza. A lo largo de una peregrinación ya milenaria, la humanidad siempre ha dejado testimonio de esta pujante inquietud (nuestra perenne nostalgia) en las arenas inconstantes del mundo. Pero ni siquiera el tiempo, que lo devora todo, ha podido arrebatarnos la profunda intuición de nuestra propia nobleza. Ésta, en algunos casos particulares, consigue enaltecerse como un sol con todo el esplendor de su ralea y hace chispear al mismo tiempo al rey que duerme en cada uno de nosotros.

La poesía es justamente uno de esos casos, junto con las demás formas de expresión humana que extraen su materia prima de las ocultas regiones del espíritu. En particular Ovidio, poeta romano del siglo I d.C., abrevó de dos caudales de inspiración que manan de ese mismo venero sagrado, a saber, el arte y la religión. En efecto, en su obra cumbre de poco más de 12,000 versos a la que dio el título de Las Metamorfosis, esculpió en brillantes palabras la mayor parte de la mitología greco-latina que (hemos de advertir a los incrédulos) siempre fue algo más que un mero fabulario. En los primeros 100 versos, el poeta se dio a la osada tarea de versificar los albores del cosmos, pasaje que culmina con la sublime descripción de la creación del hombre.

Hace unos días, revisando las páginas de una edición que debería ya estar lista, me encontré con estos mismos versos deslumbrantes y, diría yo, apoteósicos. Juzgué que era buen momento para memorizarlos, pero ya desde la primera vez que los leí me despertaron tal entusiasmo que ahora no puedo resistirme a compartirlos con el lector virtual que pueda llegar a caer por estos lares. Pero antes, todo prejuicio histórico de lado (Ovidio y sus coetáneos eran antiguos, mas no tontos), me gustaría echar luz sobre un asunto digno de mención: en los versos se encuentran las dos explicaciones del origen de nuestra especie que más comunmente suelen esgrimirse, es decir, la creacionista y la natural, si bien en ese entonces eran formuladas bajo otras 'hipótesis'. En lo personal, celebro el que la disyuntiva quede sin solución: no estoy peleado con Dios ni con Darwin, pero creo que Ovidio hizo bien al poner el énfasis sobre el hombre mismo. Efectivamente, es en nosotros donde se realiza la indecible síntesis de ambas influencias: la terrena y la divina. He aquí, pues, la traducción en prosa:

El hombre nació, sea porque aquel Artífice (origen de un mundo mejor) lo creó a partir de la semilla divina, sea porque la tierra, entonces reciente y apenas separada del alto éter, retenía la simiente del cielo, con quien comparte la estirpe. El hijo de Iapeto (Prometeo), mezclando ésta con agua de lluvia, la moldeó con la forma de los dioses, regidores de todo, y, dado que los demás animales miraban agachados hacia la tierra, le dio al hombre una boca elevada, le ordenó mirar el cielo y elevar su erguido rostro hacia los astros. Así la tierra, que recientemente había sido tosca y sin forma alguna, transformada, se vistió con las desconocidas figuras de los hombres.

(Ov. Met. I, 79-89)

11.1.10

AVATAR

Hay quienes dicen que el Arte representa un escape del mundo cotidiano hacia otro que, sin dejar de ser verosímil, enciende la fantasía y despierta las más ocultas aspiraciones del corazón humano. El arte, en otras palabras, es un universo aparte. En el caso del éxito de taquilla que es Avatar, la esperada última entrega de James Cameron, esto se verifica puntualmente: la película, en efecto, son cerca de dos horas de un vívido y vibrante éxtasis de la imaginación que, además, no obstante lo escueto de la trama, pretende inspirar en el espectador una profunda sensación de sacralidad, si cabe aquí dicho término. El que la película logre o no esto último depende quizá de la opinión de cada uno; en nuestro caso, dado que se trata de hacer algo parecido a una reseña (la primera, por cierto, que un servidor ensaya), nos ocuparemos solamente en dar un somero pantallazo.

Para el desinteresado o despistado que no haya escuchado aún el argumento (cosa difícil, dada la tardanza con que subo esta entrada al blog), Avatar narra la inflitración de un soldado humano en una comunidad de seres altos y azulados de otro planeta, los Na'vy, que son presentados como una versión extraterrestre y mucho muy sugestiva del mito del buen salvaje. Así pues, la tarea de Jack Sully, el afortunado elegido para hacer contacto, consiste en ser aceptado y asimilado por los nativos. La misión, empero, se encuentra entre la espada y la pared: por un lado están los intereses de la comunidad científica, que favorece la diplomacia, y por otro la milicia, que sirve a amos de intereses mucho menos nobles y presiona constantemente a su enviado para llevar a cabo una sucia labor de inteligencia. El nombre de la película designa el tipo de disfraz genético con que los humanos son capaces de hacerse pasar por los aborígenes de Pandora, nombre del planeta en cuestión. Casi como nota al margen, he de decir que la palabra 'avatar' es de origen sánscrito y denota las encarnaciones terrestres del dios Vishnú; cosa que viene a cuento por la interesante similitud entre el aspecto de los Na'vy y las representaciones de Krishna, justamente el octavo avatar del Preservador Omnipresente. En cuanto al desarrollo de la trama, como anunciábamos arriba, no podría decirse que se trate de una elaboración muy compleja ni mucho menos original. De hecho, muchos de los nudos y giros en la historia, cuando no son lugares comunes, resultan obviamente predecibles. O acaso ustedes, quienes ya vieron la película, ¿negarán que fue fácil de adivinar todo el asunto del Turuk Mactó ya desde su primera mención?

Pero, en lo personal, no creo que Avatar haya de ser medida con esta vara, pues su valor estriba más bien en la variante en que ofrece la sustancia de una historia cuyos lineamientos bien podrían tacharse de trillados. En lo que a esto respecta, no nos detendremos en describir la riqueza visual de flora y fauna que se despliega ante el espectador boquiabierto y que hace de los efectos especiales de la película una labor exquisita, variopinta y casi artesanal (la cual, por cierto, recomiendo ampliamente ver en 3d). En efecto, sería ocioso transformar en palabras lo obvio. Por el contrario, quisiéramos hacer hincapié en otros elementos, no menos logrados, con los que Cameron mantiene ese prolongado hechizo que envuelve a todo aquel que mira su obra. Por ejemplo, el mecanismo del disfraz 'avatar': éste funciona de tal manera que el usuario debe dejar su cuerpo dormido en una cápsula especial para poder tomar posesión del cuerpo falso, dando así la sensación por buena parte de la película de una tajante dicotomía en la que Pandora hace las veces del colorido y emocionante sueño de una vigilia aborrecible y deprimente, donde el protagonista debe soportar con desgana la avaricia de unos, el maniático afán cientifiscista de otros y, por si fuera poco, su propia hemiplejia. O esa idea, piedra angular del guión, de que todos los habitantes de ese planeta formidable integran un enorme sistema de energía viviente, en el que los Na'vy tienen una posición privilegiada -mas no necesariamente superior- gracias al uso consciente del vínculo físico que hermana todas las formas de vida que Pandora acoge dentro suyo. En la apertura de esta reseña, al hablar de cierta sacralidad, era justamente esto último a lo que trataba de aludir y lo que sin duda hace de Avatar algo más que una película de ciencia ficción con buenos efectos especiales.
¡Y vaya que puede decirse de ella mucho más que eso! Sobre todo si escrutamos la fantasía de la película a la luz de hechos no tan fabulosos, como los conflictos entre una empresa multinacional y una tribu de Nigeria en la ya lejana segunda mitad del siglo XX. La comparación viene al caso, y el asunto es de suficiente actualidad como para merecer ser desempolvado. La historia, en resumen, sucedió así: En la Delta de Nigeria la empresa petrolera de renombre nacional, Royal Dutch Shell, un mal día -pues de bueno no traería nada- encontró un prometedor asentamiento de oro negro. El gobierno, que era entonces una dictadura militar, no fue difícil de persuadir para que permitiera a la empresa holandesa instaurar en el país sus excavadoras; el problema surgió cuando los ogoni, tribu habitante de esa región, comenzó a protestar al ver toda prístina vida y fertilidad de sus tierras succionada por las humenates máquinas. Muchas balas se dispararon y mucha sangre bañó el suelo nigeriano, la mayor parte -si no toda- de origen ogoni, y el conflicto alcanzó su punto más álgido con la acusación, aprensión y final ejecución de un reportero, ex-profesor universitario y activista, Ken Saro-Wiwa y otros líderes que habían levantado la voz en defensa del derecho natural de su gente. En sus declaraciones, la petrolera confesó haber dado armamento a la milicia nigeriana para la defensa de sus propiedades, que eran amenazadas por las revueltas del lugar. Este, por desgracia, es sólo un ejemplo entre muchos otros que podrían citarse.
Por su parte, Avatar muestra, mutatis mutandis, algo demasiado parecido como para ser pasado por alto: una empresa que, en su afán de enriquecimiento, está dispuesta a atropellar a cualquiera que se ponga en frente. Las coincidencias hablan por sí solas. A nosotros, además de recomendar ampliamente la experiencia de la película, no nos queda sino concluir con una modesta pregunta al lector: ¿Sabía que Shell firmó recientemente un acuerdo con el gobierno iraquí para la explotación de sus campos petroleros? Esto dicho, que cada quien entienda lo que pueda.

29.10.09

ROSA ROSARUM

En este mundo de tierra y de tormenta la Verdad crece como una flor discreta, casi imperceptible, que germina lenta bajo las pisadas de los hombres. La lluvia anega el fango que la alberga, hostil como un mar enfurecido contra un indefenso navío, despiadado como un desierto sin confines para el sediento viajero; pero la semilla de esta flor fue forjada en el seno de una estrella incandescente, cuyo fuego la bautizó de antemano contra cualquier inclemencia. El fatigoso paso del tropel la hiere, pero no la abate; la ensucia la inmundicia, mas nunca la marchita; sus raíces, de hecho, ya aprendieron a alimentarse de ella, mientras que en sus tenues brotes gotea el rocío de las lágrimas que los viajeros dejan caer sin miramientos.

Pero a veces -sólo a veces, cuando el retoño goza de una fortuita bonanza- el tallo logra hacerse camino en su sitial lodoso y la yema, erguida y delicada, asoma un pétalo que esplende con la sonrisa de una luna creciente. Entonces, algún hombre de aquellos que andan a paso lento entre la acelerada muchedumbre, la cabeza gacha y escrutando el suelo (como si buscaran en él lo que hace tiempo el cielo parece haberles negado); uno, pues, de esos ilustres sin nombre advierte que ha florecido lo que tenía por yedra. Se detiene de pronto sin importarle nada: su corazón, en un vibrante anhelo, lo impele a llevar consigo ese insólito tesoro, pero lo contiene el misterioso influjo de un sentimiento más noble, más fuerte, más profundo. Sólo el alma sabe que ha de seguir entonces: Quizá el hombre se quede a contemplar esa naciente rosa, contento con el color de los furtivos pétalos y urdiendo en su imaginación las delicias de la futura fragancia. Quizá -presa de un genio más osado- trate de compartir aquel precioso hallazgo con quienes pasan a su lado: prenderá la esquiva mano de alguno que pasa; tratará de detener a otro; gritará a los cuatro vientos que no hay razón de huir más del relámpago ni de temer al trueno, pues en la tierra misma hay una flor cuya belleza hace olvidar toda zozobra...

Los más seguirán de largo sin prestar oídos; alguno escuchará (tal vez) un rato, mas volverá después a su sendero sin rumbo. Con pena el pobre ingenuo tolerará las burlas de aquellos a quienes desea enseñar la flor, pero que ni siquiera voltean hacia donde éste señala con el dedo. Con dolor sufrirá que, en un arrebato de frenesí o de ira -para él, en esa situación, la diferencia será nula-, la escandalosa turba pisotee lo que podría ser su único consuelo. Y es así como esa flor de flores, después de tanto silencioso esfuerzo, queda de nuevo reducida irremediablemente a un tallo delgado y trunco que se estremece con el severo soplar de la ventisca. Pero aunque nadie sabe cuándo ni cómo el Tiempo se alineará de nuevo en tan feliz coincidencia, una cosa tan sólo se tiene por segura: que nada de esto ha sucedido en vano, pues nada se ha perdido para esa flor endeble, mientras su recuerdo haya ganado el corazón de un hombre.

5.8.09

XY

o Soneto Genético
"En el principio era el Verbo..."
Juan, I, 1


Aquel
VERBO
(el primero que se dijo)
Lo pronunció
una lengua innominada.
Si fue
de
Dios,
pero sin
él no hay nada,
al hombre es un misterio,
un acertijo.

De la
BELLEZA
de ese hablar prolijo
cantan aún
la noche constelada,
el viento,
el río,
el ave, la manada

y el
HOMBRE
a quien, haciendo hablar, bendijo.

2 letras
nos grabó de su alfabeto
y en ellas puso el germen
de la
VIDA

...un molde para el frío cientificismo;
Al buen entendedor,
un gran secreto.
Pues versa la Palabra
traducida:
Y
OSOY
QUIEN
SOY
YSIEMPRE
HESID
OELMI
SM
O

28.7.09

¡MALHADADA IRONÍA!

Apenas me enteré de una noticia que yo llamaría agridulce: El magnífico quinteto de músicos y comediantes argentino Les Luthiers viene a México, pero atinaron a decidir presentarse unos días después de que yo me haya exiliado temporalmente de aquí... En fin, no me queda más que reír ante semejante ironía, por demás desafortunada, que tal vez algún liviano numen, sigiloso y socarrón, me urdió para divertirse a mis expensas.

Lo cual no quita, por cierto, que a manera de expiación incluya aquí una de mis canciones favoritas: hilarante ejemplo de su chispa musical y de los 'instrumentos informales'. Como casi todo lo que fabrican estos lauderos: una exquisita genialidad.


Pepper Clemens... obviamente, del infame Johann Sebastian Mastropiero.


(aquí la introducción)




A day without laughter is a day wasted. (Charlie Chaplin)